La disputa entre Netflix y las salas de cine por “El irlandés”

Basta con tipear en Google “Netflix versus” para que las búsquedas sugeridas den un panorama de los múltiples y poderosos enemigos que se ha ganado la empresa en su corta existencia: Netflix versus Disney, HBO, Amazon, Hulu, Warner, Youtube… Pero en estas semanas el principal foco de atención no está en sus competidores directos en el terreno del streaming, sino en la larga, fatigante y cada hora más insalvable disputa con las principales cadenas de cines de todo el mundo, quienes siguen viendo a la N roja con un factor amenazante de su negocio. El conflicto se remonta hasta 2015, cuando Netflix empezó a mirar con cariño el Oscar y, ante la obligación reglamentaria de la Academia de exhibir una potencial ternada en salas norteamericanas durante al menos semana, se acercó a los exhibidores más importantes con la idea de estrenar allí Beasts of No Nation. La negación rotunda obligó a la empresa a refugiarse en salas independientes, empezando así una guerra que recrudeció –y se globalizó- el año pasado con Roma, de Alfonso Cuarón, y que ahora, con la llegada de la elogiadísima El irlandés , alcanza su pico máximo de temperatura.

Las esquirlas llegan incluso hasta el sur más remoto del continente. La novena colaboración entre Robert De Niro y Martin Scorsese (y primera del director con Al Pacino), que aborda la relación entre un asesino a sueldo y el líder sindical Jimmy Hoffa, se lanzó este jueves en 58 salas argentinas, ninguna perteneciente a las principales empresas de exhibición. Como ocurrió el año pasado con Roma, que tuvo ocho funciones en el Malba y un par en otras tres salas, ver El irlandés en pantalla grande es casi una hazaña para el público porteño y del Gran Buenos Aires: apenas dos pasadas diarias en el Cinema Devoto hasta el domingo y una en el Complejo Los Nogales de Tristán Suárez es todo lo que pudo conseguir en la región que concentra la porción más grande del negocio audiovisual. Mejor suerte tuvo en la provincia de Córdoba, donde se verá en 10 salas, según consignó el sitio Otroscines.com. El resto de las copias están distribuidas en distintos puntos del país, aunque en todos los casos con una o a lo sumo dos pasadas diarias.

La situación no es muy distinta a la ocurrida en Estados Unidos, donde la producción más costosa de Netflix –su presupuesto fue de 159 millones de dólares– tuvo su première mundial el 27 de septiembre en el Festival de Nueva York, y desde el 1° de noviembre encontró un lugar en apenas ocho salas de Nueva York y Los Ángeles. Si bien se trató de un lanzamiento minúsculo, allí al menos mimaron a Scorsese, un acérrimo defensor de la experiencia de la sala oscura, alquilando dos teatros con más de mil butacas cada uno, el Belasco Theater de Broadway y el histórico Grauman’s Egyptian Theater de Hollywood. El 8 de noviembre expandió sus exhibiciones a un puñado de salas independientes de distintos estados, hasta llegar a un total de 250. Una cifra escasísima en comparación a la ocupación de las películas de los grandes estudios, como por ejemplo Guasón o Los locos Addams, que tuvieron cuatro mil pantallas a su disposición.

Ahora bien, ¿cuál es el motivo de semejante disputa? Más allá del indiscutible placer estético que pueda generar El irlandés en una pantalla grande, ¿a ambos partes no les rendiría económicamente un estreno simultáneo en cines y streaming? La lógica indica que sí, que la retroalimentación es posible ante una película-evento de esta envergadura. No por nada las funciones del fin de semana en el Cinema Devoto tienen vendidas prácticamente todas las butacas aun cuando hace meses se sabe que desde el 27 de noviembre estará a un par de clicks de distancia en la plataforma. Pero la discusión va más allá de un nombre propio, incluso de uno de peso como Scorsese. 

El problema tiene que ver con las “ventanas” de exhibición, el periodo de explotación comercial que tienen las salas antes de que una película pase a algunos de los canales de consumo hogareño. Durante décadas esa brecha fue seis meses, pero unos años atrás, con el florecimiento de los sistemas de streaming y los servicios de cable On Demand, se acortó a la mitad. Netflix siempre miró de reojo esa lógica, pero cuando los ejecutivos quisieron romperla se dieron cuenta que no sería nada fácil, que enfrente no tenían a un David sino a otro Goliat.

Ya el año pasado había ocurrido algo similar con Roma , que terminó consiguiendo una ventana de exclusividad en salas de 26 días más por insistencia de su director, Alfonso Cuarón, que por voluntad de Netflix. En esta ocasión quisieron hacer las cosas mejor y durante meses mantuvieron un diálogo con los principales exhibidores del norte de Río Bravo, AMC y Cineplex. Al pedido original de tres meses, Netflix contraofertó 45 días. Del otro lado devolvieron que no, que a lo sumo podían “estirarse” hasta 60 días de exclusividad. Sin ganas de dar el brazo a torcer, la plataforma se mantuvo intransigente. Y hasta ahí llegó lo que se daba. “Nuestra oferta era muy buena, y lo mismo pensaba alguna gente de Netflix. Trabajamos muy duro para tratar de lograrlo y que funcione para todos”, dijo al diario The New York Times Ellis Jacob, Jefe Ejecutivo de Cineplex. 

En esa misma línea opinó John Fithian, presidente de la Asociación Nacional de Dueños de Cines estadounidenses, cuando ante el sitio The Hollywood Reporter consideró que “Netflix está enfrentando un desafío para su modelo de negocios, pero perdió una oportunidad estratégica con el lanzamiento de esta película”. Más abajo explicó: “La empresa está dejando de lado una cantidad importante de dinero. Piense en Los infiltrados, la película de Scorsese de 2006 que recaudó 300 millones de dólares en todo el mundo y ganó el Oscar a Mejor Película y Mejor Director. Estuvo en salas durante meses e hizo muchísima plata. ¿Por qué Netflix no querría monetizar sus productos antes de subirlos a la plataforma? Aun dando El irlandés en salas podría sumar suscriptores porque luego sería la única forma de verla en casa”. 

Desde la N roja respondió al mismo medio Scott Stuber, a cargo de la negociación con las salas: “Creemos en la taquilla y en el consumidor pudiendo elegir dónde prefiere ver la película. Por estamos tratando de construir un modelo que no sea a todo o nada”.
La cuestión de fondo es el temor de los exhibidores de cara al futuro: si bajan la guardia con una película financiada por Netflix, afirman, luego deberán hacerlo con las de todas las plataformas -Amazon, aunque sin mucho peso en la Argentina, también produce largometrajes propios con aspiraciones de premios y salas- y perder definitivamente el periodo tradicional de la ventana. Desde el otro lado devuelven que el futuro del consumo de películas que no sean tanques o superproducciones multitarget está ahí, que los nuevos públicos prefieren la comodidad del sillón antes que ese acto colectivo del cine. La solución, queda claro, está lejos de vislumbrarse.

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